Los problemas de sueño aparecen un buen día, y a veces se quedan con nosotros demasiado tiempo, como un  invitado que se ha colado en la fiesta, y que no hay manera de despedir.

Los problemas de sueño, son demasiado frecuentes.

Os voy a contar la historia de una amiga mía.

Es una mujer deportista, activa, de profesión veterinaria, por lo que los temas de fisiología no le son ajenos en absoluto.

Una vida emocionalmente completa, familia feliz,  no digo sin problemas, porque todos los tienen, pero desde luego con capacidad para resolverlos.

Trabajo, deporte, armonía, hasta que un día, se mete en la cama, y nada, que no consigue conciliar el sueño.

Un día, no pasa nada, dos tampoco, pero  al pasar las semanas, el tema se convierte en un problema importante.

Entonces empieza su periplo por todo tipo de terapias, de medicación, de pruebas, en las que ha estado envuelta durante años.

Años es mucho tiempo, sin dormir apenas. Robando unos minutos aquí y ahí de sueño de mala calidad. Dormida de día, despierta de noche.

A pesar de su juventud y energía, se le notaba el estrés, la cara empalidecida, el agobio de saber que aunque liberaba todo su potencial durante la jornada, luego era imposible conseguir la necesaria regeneración durante la noche.

Yo, que la tengo como una gran amiga y persona, me estrujaba la cabeza para encontrar nuevas soluciones, tanto en la medicina tradicional como en terapias alternativas. Porque cuando te falta el sueño, recurres a lo que sea para ver si das en la clave.

Por fin, encontramos  el origen del problema

El origen de su insomnio no era la ansiedad, tampoco las ondas electromagnéticas, ni falta de rutina, ni ninguna de las causas que generalmente se miran como primeras opciones.

Pues, como no, el problema estaba en el intestino. Ese órgano que hasta hace poco no tenía un papel tan importante, pero que hoy en día sabemos que es el centro y origen tanto de la buena salud como de patología.

Se hace difícil llegar al origen, porque las derivaciones y consecuencias de lo que se va produciendo son tantas, que llegar  a la base del problema se dificulta.

Sabemos, y lo repetimos sin parar, que el 80% de la serotonina se produce en el intestino. Un problema de disfunción intestinal, está relacionado con tanta patología, que aún a nosotros, que estamos aquí, viéndolo todos los días, aprendemos todos los días sus repercusiones en cada caso particular.

Los cambios en la dieta son difíciles. Porque las personas no terminan de darse cuenta de la importancia de, por ejemplo, dejar de consumir lácteos, o embutidos, o sodas. Y es solo a base de tiempo, de tesón, que aparecen los resultados.

No quieren renunciar a ese momento de placer que les proporciona esa tostada con mantequilla y mermelada de la mañana, ese queso fundido encima de la pizza, o esa tarta de chocolate de postre que encima era la mejor receta de la abuela.

Porque además, es difícil convencerse y convencer de que esto tiene repercusiones a muchos niveles, como es en el caso de mi amiga, el problema de sueño.

Es por eso que los profesionales, que en el fondo intentan que el paciente sea capaz de ser fiel al tratamiento para conseguir sanar, a veces se ablanden ante la mirada desesperada del paciente al que le estás retirando lo que más le gusta.

Para haceros la historia corta

Después de 3 semanas de cambio de dieta, eliminando productos que le estaban causando una inflamación sub-clínica, pero suficiente como para entorpecer el buen funcionamiento hormonal, mi amiga está empezando a recuperar el sueño.

Me la encontré hace unos días y me contaba emocionada, que duerme 6 horas sin interrupción.

Y es otra persona. Ha recuperado la mirada clara, el aspecto relajado, la sonrisa, la tranquilidad.

Después de años de medicarse, de intentar hacer todo tipo de tratamientos, una sencilla dieta le está devolviendo la salud.

Lo más difícil es convencerse de que ese es el camino, y que los beneficios no son inmediatos, como cuando nos tomamos una pastilla para el dolor, sino que hay que ser pacientes y esperar unas semanas, o unos meses, pero, eso sí, al cabo de un tiempo, la mejoría es patente.

No solo eso, es una curación que sale de nuestro propio cuerpo. Sin medicamentos, sin toxicidad, sin hacernos adictos a ningún producto manufacturado.

Tenemos que convencernos. Que la alimentación sea nuestra medicina.