La vida de campo, idealmente, nos parece la mejor. Pero pocos podríamos pasar más de dos días aislados, sin volvernos locos!

Vida en el campo versus vida en la ciudad

Me encanta el campo. Siempre imaginé que a medida que pasaran los años, iría quedándome más y más tiempo ahí. Pero cada día que pasa  me siento más urbana. Es que la ciudad atrapa, te va envolviendo cuerpo y alma como en una tela de araña, hasta que te transformas en lo que nunca pensaste que sería posible.

En un momento dado, tú mismo eres el arácnido que teje la tela para atrapar otros incautos como lo fuiste en su momento, y así, en ese ciclo extraño, cada vez los hombres nos alejamos más de la naturaleza y dejamos solos los pueblos, la España vacía.

Teóricamente, pocos dirán que no les gusta el campo, pero la realidad es otra. Pocos están preparados para pasar más de un fin de semana lejos de la urbe sin volverse locos.

Campo si, con cuentagotas

Un fenómeno frecuente es la prisa. Somos incapaces de reducir la hiperactividad, para de pronto descubrir día a día cómo está creciendo una flor, que colores adornan el cambio de estación, o a qué huelen los atardeceres.

Nuestro tiempo máximo de soltar rienda es dos días. Y eso nos sienta muy bien, pero respiramos cuando volvemos a nuestros apartamentos, en un edificio céntrico, y si disfrutamos de un sexto, mejor todavía.

En nuestra casa no hay bichos, los insectos no sobreviven, más que las súper-fumigadas cucarachas, auténticas heroínas vencedoras de cualquier pesticida.

El aire que nos es familiar es el de la contaminación, con un fondo de olor a gasolina, y un toque de esencia de la comida que está preparando el vecino. Inspiro… ahhhh ya estoy en casa!!! Y espiro…. Bufff donde he dejado el teléfono, el mando a distancia, el ordenador, que llevo desconectado más de una hora!

Si la temperatura no es la perfecta, sólo necesito graduar mejor el sistema;  en la nevera, lleno de envases congelados, o al vacío, que no recuerdan para nada su origen.

No te puedes aburrir,  la oferta de ocio es inmensa, y para todos los gustos.

Entonces, ¡el campo para qué!

Para muchos pasar más de esos  dos días en el campo sería como esos “reality shows” de la televisión, donde dejan a los personajes en una isla con pocos medios para sobrevivir.

El campo, ofrece maravillas sólo para el privilegiado que las sabe ver. Para las personas que tienen ojos para ver, oídos para escuchar, nariz para oler, sentidos para apreciar. Como en la naturaleza todo tiene la cadencia perfecta, se necesita un paladar exquisito para apreciarla.

No es cómodo, los bichos pican, la vida y la muerte forman parte normal en la rutina diaria, el filete sabe a carne, el huevo tiene la yema amarilla, y cuando muerdes una manzana, a menudo te puedes llevar la sorpresa de estar compartiendo menú con otro comensal.

Ensuciarte de tierra las manos,  caminar por senderos libres de escaparates,  que por la noche el cielo esté iluminado por estrellas brillantes, y  por la mañana te despierte el gallo madrugador, no es cómodo;  es que la vida del campo no lo es.

La vida urbana en el campo

Algunos sienten que son de campo, pero en realidad transportan sus vidas urbanas a otro entorno. Salen un ratito a dar un paseo, a lo mejor a pegar  unos tiros, y enseguida a la casa, aperitivo, comida, copas, cartas, siesta, que engancha con la copa antes de cenar, más copas, y a dormir.

Hasta el aire puro acaba por sentarte mal. Por el resacón que manejas del día anterior. Vuelves a la ciudad hecho polvo. En cambio, el hombre urbano come “bio” aunque ni sepa lo que es, va al gym, se fuerza a beber agua para hidratarse, y tiene un control estricto de carbohidratos, lípidos y proteínas de cada comida.

¿Seríamos capaces de …?

Realmente, hacer una vida de campo, por lo menos unos días,

  • Desconectar! Dejar apagado el teléfono móvil. No ver la televisión ni escuchar la radio, no encender el ordenador. Nada. Hacer un détox de tecnología.
  • Dejar las colonias, re-descubrir los olores de la naturaleza.
  • No escuchar ni música, pararnos en el bosque a escuchar los sonidos sutiles del campo, los pájaros, los insectos, la brisa…
  • Acercarnos a nuestra fuente de alimentación, los cultivos, los animales. Tomar consciencia de cómo es la vida ahí.
  • Apreciar la quietud, la conversación, el aire puro, los ritmos tranquilos.
  • Despertarnos al alba, acostarnos con la caída del sol. Recuperar el ciclo natural del día y la noche.
  • Beber agua de manantial, subir montes, caminar senderos que ni sepamos a donde nos llevan, para descubrir parajes nuevos.

No es fácil ni cómodo, es un desafío que no cualquier urbanita puede superar. Pero algo en nuestro fondo, muy dentro, forma parte de esa naturaleza, de ese campo, y a lo mejor descubrimos una forma de sentirnos mejor si conseguimos superar la prueba.