Las casas llenas de pantallas y teléfonos móviles han causado una falta de comunicación entre padres, hijos, hermanos. Hablar en familia, por el bien de todos,  es una necesidad que hay que recuperar.

Hablar en familia, una sana costumbre

La conversación está en crisis. Siendo una necesidad para el desarrollo de la inteligencia, y de la comunicación, hablar en familia es a menudo difícil.

¿Por qué una cosa tan natural y sencilla se convierte en algo sobre  lo que vale la pena escribir? puede resultar algo paradójico.

En un periódico ayer había un artículo en donde incluso se proponían temas de conversación con los hijos, orientaban, dependiendo de la edad, cuáles eran las preguntas más adecuadas que hacer.

Así como suena, estamos tan metidos, tan absorbidos por nuestras vidas fuera de casa, sobre todo el trabajo, que cuando llegamos al hogar  no somos capaces de desconectar;  y, o seguimos mandando mails, o encendemos agotados el ordenador para ver lo que cada uno le apetezca en soledad.

Si nuestros hijos quieren hablar, nos agotan sus preguntas, y les callamos dándoles una Tablet donde las luces y los juegos consiguen abstraer la atención de nuestros más pequeños.

Estamos atrapados, pero hay una vía de escape.

No podemos enseñar a nuestros hijos nada que no seamos nosotros capaces de hacer.

Este es un concepto que tiene que estar claro.

No podemos conocer a nuestros hijos, si no hay una continua, diaria, y buena conversación con ellos. En cada edad, la adecuada. Pero si cuando estamos con ellos, estamos leyendo constantemente nuestro whatsup, viendo páginas, mails o redes sociales, estamos cortando nuestra comunicación con ellos.

Están prohibiendo los móviles en los colegios. Porque distrae a los niños, e impide que jueguen, y hablen entre ellos.

Algo similar pasa en casa. Los móviles encima de la mesa, ponen bien claro donde está nuestro interés.

Hablar con nuestra familia, pero tener el rabillo del ojo atento al teléfono, es una mala manera de conectar.

Y es verdad, en pocas familias no pasa. En raras cenas, si es que hay, están los miembros de la familia tranquilamente comiendo y comentando anécdotas del día.

Todos llegamos a casa cansados, y nos quitamos las cosas requieren esfuerzo por nuestra parte de mala manera.

Pero la educación en casa es fundamental. Hablar es básico. Desarrolla al ser humano, como persona, ayuda a aprender, a satisfacer dudas, a expresar sentimientos que son importantes de compartir con los que forman parte de ti.

¿Seríamos capaces de poner modo avión al llegar a casa, y solo darnos unos minutos para comprobar si hay algo importante?

¿Somos conscientes de que una Tablet no es un educador, y de que es nuestra responsabilidad, hablar, jugar, reír y compartir con nuestros hijos?

Llegamos agotados, y no tenemos ganas ni de cenar. O cada uno va llegando, abre la nevera y se come lo primero que pilla. Encima, es sano, con eso de que hay que cenar ligero.

Pero el momento en el que la familia se junta después de las jornadas de cada miembro, y todos se reúnen alrededor de una mesa es un momento de crucial importancia para todos, pero sobre todo para los más vulnerables, los niños.

Volviendo a la conversaciónn

En Estados Unidos tienen la cultura de  la máxima eficacia, de no desaprovechar el tiempo de ninguna manera. Si puedes aprender matemáticas con dos años, pues mejor que con tres.

Sin embargo, se ha demostrado que cuando las cosas  se hacen  más lentamente, si aprender se convierte en un juego en el que uno disfruta, cuando llegas a edades adolescentes, tus resultados son excelentes.

No debemos pensar que es más importante una clase de piano, de matemáticas o de lo que sea, que una conversación distendida  con un hijo.

Esos momentos en los que comunicas, y te sientes comprendido y apoyado, crea una calma, que mejora la capacidad intelectual de los niños y después, sus resultados serán mucho más positivos.

Y como todo lo que se da a los demás, se transforma no solo en beneficioso para los hijos, sino para todos, la relación con tu pareja, el ambiente general de la casa, en donde no solo se comparte un espacio, sino el corazón.

Steve Jobs buscó un colegio sin pantallas para educar a sus hijos, y prohíbe a sus nannies el uso del teléfono mientras están al cuidado de los más pequeños.

Todas las herramientas pueden ser buenas, o nefastas si las utilizamos sin control.

No seamos víctimas de esos pequeños cacharros que absorben nuestra atención.

Cuelga el teléfono, y mira lo que tienes alrededor.