Pocos comemos cuando tenemos hambre. Uno de los problemas del “primer” mundo, es la forma de alimentarnos. La alimentación compulsiva, emocional.

Comer compulsivamente

Llegas a casa después de un día de trabajo extenuante, y lo primero que haces, antes incluso de quitarte el abrigo, es abrir la nevera.

¿Qué buscas? Nada en concreto, lo que pilles, y te lo zampas sin apenas masticar.

Por la mañana, aunque te has propuesto llevar una dieta saludable, a la vista en el bar de esas porras o bollos que sobresalen en las bandejas de la vitrina, no puedes evitar pararte y comer un par como si no hubiera un mañana.

¿Tienes hambre? No, en absoluto. Pero si sientes un vacío. Lo malo: esas “porras” no te lo han llenado. Han conseguido unos minutos de felicidad, seguidos de todo un día de estar enfadado contigo mismo por la falta de voluntad, frustración, y lo peor de todo, perjudicar la salud y muy probablemente, sobrepeso.

Comer compulsivamente es una consecuencia de estrés, ansiedad, o aburrimiento, que te llevan a pegarte atracones de comida pudiendo llevarte a la obesidad.

No pasa diariamente, pero sí una o dos veces por semana. Suficiente para despertar nuestras alarmas: necesitamos ayuda, para por lo menos no hacerlo de forma inconsciente: ponerle nombre; es el primer paso para evitar que nos suceda y solucionar el problema de fondo.

La alimentación emocional está muy arraigada en nuestra sociedad.

Cuando estamos en éste círculo, no buscamos manzanas ni espinacas para llenarnos, sino hamburguesas de 1 euro, bollos o alcohol.

Entramos en un circuito difícil de romper. Incluso, podemos ir a un especialista en nutrición, que nos hará una dieta que no tenemos ni la más mínima oportunidad de cumplir.

Porque el problema es otro.

Coger el toro por los cuernos es la única solución. Además, cuando le ponemos “nombre” al problema, que no es tan fácil como parece, las cosas empiezan a fluir, vuelves a controlar, cuando te pillas a ti mismo con el donut en la boca, hasta te da la risa y lo vuelves a dejar en la bandeja… o mejor, en la papelera.

Las hamburguesas de comida rápida no son una buena idea…

“Comer para vivir o vivir para comer”

Nos hemos desnaturalizado. Hemos perdido la noción fundamental: la comida no es un refugio. Tampoco un acontecimiento social. No es una forma de huir de los problemas. No es la solución a la tristeza.

Cuando de niños nuestra madre nos ofrece una golosina como recompensa por haber hecho algo bien, o sencillamente por amor, fácilmente de adultos buscaremos dulces para rememorar ese momento de felicidad. Porque la alimentación también tiene ese sentido; los olores y sabores de momentos buenos, como los que saboreábamos cuando éramos niños, se quedan grabados en nuestro cerebro para siempre.

Por eso, no es buena idea dar “chuches” a los niños.

Pero volviendo al problema actual, de adultos, ¿Cómo podemos retomar las riendas?

  • No juegues a héroe, porque puede que no tengas las fuerzas de hacerlo solo. Busca ayuda de un psicólogo, es lo mejor. También, busca cómplices, amigos que se unan a tu causa. Haz un grupo y entre todos, comentad cómo lo estáis llevando.
  • El Mindfulness es una gran herramienta para ayudarte a traer consciencia a los actos diarios. Es importante identificar el momento donde pierdes el control.
  • No te rindas, no vas a conseguirlo a la primera, ni a la tercera. Todo lleva su tiempo. Además, probablemente llevas años arrastrando el problema. No se va a solucionar en unos días.
  • Ejercicio físico, siempre ayuda no sólo a sentirte bien por fuera, sino también por dentro.
  • En la nevera, nada que no sea saludable. Así, la tentación estará solo fuera de casa, no metas al “enemigo” dentro.

La buena noticia, es que el cuerpo es muy agradecido:

  • No tardarás mucho en que el cuerpo lo note, y se deshinche, se recupere.
  • Recuperarás la autoestima.
  • Encajarás mejor los embates de la vida. Sabrás ponerle solución, o sobrellevarlo.
  • Tomas el control, y la conciencia.
  • Ahora sí, puedes ir al nutricionista, con muchas posibilidades de éxito en la dieta.